No hay fórmulas mágicas ni tampoco la magia todo lo puede revertir.
O dígame usted, mi lectora o lector, ¿qué receta hay para todos aquellos que se sienten impotentes ante el dolor o la enfermedad de alguien? La impotencia acaba, destruye y también enferma. Y la impotencia es la falta de poder. Yo he visto en el rostro de algunos de los que cuidan enfermos, llanto, angustia, desesperación, tristeza, amargura, pena, dolor y, bueno, en una palabra he visto su impotencia.
El sábado pasado dos mujeres veían morir a un pariente suyo, víctima de cáncer a causa del tabaco, y la verdad no acertaban a decir ni hacer nada. La impotencia las sumió en el llanto y sus cuerpos, doloridos, parecían como árboles torcidos; les había dicho el doctor que ya no pasaba la noche.
Y cualquiera se pregunta ¿qué no habrá algún poder que impida la enfermedad?, o ¿qué no habrá un poder que detenga la enfermedad?
Por los pasillos de cualquier hospital, y en las salas de espera, y en las entradas a los hospitales, todo se vuelve un ir y venir de aquellos que traen en sus manos algún medicamento, o de aquellos que apresuran sus pasos para llamar a la enfermera, o de aquellos que llevan y traen noticias, desde la cama los enfermos hasta sus parientes, amigos y conocidos. Y una palabra lo resume todo, y es impotencia. Impotencia que a veces se reviste de impaciencia, de apuros, y de muchos "hubieras".
En los hospitales reina la impotencia, o sea la falta de poder, y ahora les tengo una muy noticia. Si todos aquellos que visitan a sus enfermos tuvieran fe y los contagiaran de su fe, habría una revolución de salud.
La fe, dicen, mueve montañas, y cuando algún visitante de enfermo dice ese dicho, que sabe más porque casi todos lo repiten, sin saber, muchas veces ni siquiera lo que la fe significa, bueno, cuando afirman que la fe mueve montañas, trato entonces de animar su fe y más si es la fe del enfermo, el que dice que tiene "mucha" fe. La fe es un ingrediente sin el cual no puede haber salud donde hay enfermedad. Pero para acabar con la impotencia hace falta tener poder para sanar.
El evangelista Lucas, que por cierto a médico, dice de Jesús que "el poder del Señor estaba con él para sanar". Santiago, otro discípulo de Jesús, sugiere que "si alguno está enfermo, que llame a alguien para que ore por él". Y el mismo Jesús asegura a los que en El creen, que "cualquier cosa que pidan al Padre en su nombre, él la hará".
Una enferma cerró sus ojos para orar por ella, y cuando terminó el pastor de rogar por ella, le dijo que tuvo una visión y relató que vio a un muchacho vestido de blanco que con su mano tocaba su cabeza.
Otro señor, de Jamé, municipio de Arteaga, reclamó que ya lleva ahí, en esa cama, ocho días, y aún sigue con su pie fracturado; dice el pastor que oró por ese hombre y terminó por decir que sintió su pie se movía sin haberlo él movido, además de sentir un calor sobre sus huesos.
La fe mueve montañas, claro que sí, y también la fe mueve dolencias y enfermedades. Como el señor aquel que le tomó la mano a su esposa para indicarle que ya no sentía dolor en la boca del estómago, o como aquella otra mujer, fracturada de la rótula, vio cómo una sombra bajaba de lo alto y haciéndose chiquita se metía en su rodilla, al mismo tiempo que el dolor se iba.
Para acabar con la impotencia, dentro y fuera de los hospitales, tanto los enfermos como los visitantes deben activar el poder para sanar, el cual está en el interior de cada uno. Y cuando estés frente a algún enfermo, sin dudar, sólo di en voz alta, "en el nombre de Jesús, Padre, sánalo", o también puedes decir, "en el nombre de Jesús, echo fuera de este cuerpo, la enfermedad que lo tiene en cama". Tal y como ese pastor lo hace, en hospitales de Saltillo. Depende de cada quien, creer, conocer y activar el poder de soltar la palabra de sanidad y, entonces la impotencia huirá.
luis_galindo28@hotmail.com
O dígame usted, mi lectora o lector, ¿qué receta hay para todos aquellos que se sienten impotentes ante el dolor o la enfermedad de alguien? La impotencia acaba, destruye y también enferma. Y la impotencia es la falta de poder. Yo he visto en el rostro de algunos de los que cuidan enfermos, llanto, angustia, desesperación, tristeza, amargura, pena, dolor y, bueno, en una palabra he visto su impotencia.
El sábado pasado dos mujeres veían morir a un pariente suyo, víctima de cáncer a causa del tabaco, y la verdad no acertaban a decir ni hacer nada. La impotencia las sumió en el llanto y sus cuerpos, doloridos, parecían como árboles torcidos; les había dicho el doctor que ya no pasaba la noche.
Y cualquiera se pregunta ¿qué no habrá algún poder que impida la enfermedad?, o ¿qué no habrá un poder que detenga la enfermedad?
Por los pasillos de cualquier hospital, y en las salas de espera, y en las entradas a los hospitales, todo se vuelve un ir y venir de aquellos que traen en sus manos algún medicamento, o de aquellos que apresuran sus pasos para llamar a la enfermera, o de aquellos que llevan y traen noticias, desde la cama los enfermos hasta sus parientes, amigos y conocidos. Y una palabra lo resume todo, y es impotencia. Impotencia que a veces se reviste de impaciencia, de apuros, y de muchos "hubieras".
En los hospitales reina la impotencia, o sea la falta de poder, y ahora les tengo una muy noticia. Si todos aquellos que visitan a sus enfermos tuvieran fe y los contagiaran de su fe, habría una revolución de salud.
La fe, dicen, mueve montañas, y cuando algún visitante de enfermo dice ese dicho, que sabe más porque casi todos lo repiten, sin saber, muchas veces ni siquiera lo que la fe significa, bueno, cuando afirman que la fe mueve montañas, trato entonces de animar su fe y más si es la fe del enfermo, el que dice que tiene "mucha" fe. La fe es un ingrediente sin el cual no puede haber salud donde hay enfermedad. Pero para acabar con la impotencia hace falta tener poder para sanar.
El evangelista Lucas, que por cierto a médico, dice de Jesús que "el poder del Señor estaba con él para sanar". Santiago, otro discípulo de Jesús, sugiere que "si alguno está enfermo, que llame a alguien para que ore por él". Y el mismo Jesús asegura a los que en El creen, que "cualquier cosa que pidan al Padre en su nombre, él la hará".
Una enferma cerró sus ojos para orar por ella, y cuando terminó el pastor de rogar por ella, le dijo que tuvo una visión y relató que vio a un muchacho vestido de blanco que con su mano tocaba su cabeza.
Otro señor, de Jamé, municipio de Arteaga, reclamó que ya lleva ahí, en esa cama, ocho días, y aún sigue con su pie fracturado; dice el pastor que oró por ese hombre y terminó por decir que sintió su pie se movía sin haberlo él movido, además de sentir un calor sobre sus huesos.
La fe mueve montañas, claro que sí, y también la fe mueve dolencias y enfermedades. Como el señor aquel que le tomó la mano a su esposa para indicarle que ya no sentía dolor en la boca del estómago, o como aquella otra mujer, fracturada de la rótula, vio cómo una sombra bajaba de lo alto y haciéndose chiquita se metía en su rodilla, al mismo tiempo que el dolor se iba.
Para acabar con la impotencia, dentro y fuera de los hospitales, tanto los enfermos como los visitantes deben activar el poder para sanar, el cual está en el interior de cada uno. Y cuando estés frente a algún enfermo, sin dudar, sólo di en voz alta, "en el nombre de Jesús, Padre, sánalo", o también puedes decir, "en el nombre de Jesús, echo fuera de este cuerpo, la enfermedad que lo tiene en cama". Tal y como ese pastor lo hace, en hospitales de Saltillo. Depende de cada quien, creer, conocer y activar el poder de soltar la palabra de sanidad y, entonces la impotencia huirá.
luis_galindo28@hotmail.com

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Participa y a partir de tu opinión, podemos charlar